El mejor abogado de familia. Claves.

Se plantea a través de esta entrada, un asunto esencial en materia de Derecho de Familia, como es qué aptitudes y actitudes ha de tener un buen profesional en materia tan particular como el Derecho Matrimonial.

Así, lo primero que debemos resaltar es la necesidad de especialización. Un abogado que se dedique al Derecho de Familia debe tener un grado de especialización suficiente, que le permita conocer las tendencias – ciertamente cambiantes – de esa disciplina, y no le extrañen o sorprendan los usos jurídicos (que los hay, y muchos) que en ocasiones no se acompasan al dictado de la Ley. En una palabra, lo que se suele llamar “oficio”, que es lo que permite desenvolverse cómgrabado 1odamente en los Juzgados de este orden jurisdiccional.

¿ Significa esto que al abogado de familia debe exigírsele una especialización exclusiva? No lo creo; basta con que acostumbre a llevar pleitos de familia, no es necesario que sólo lleve procesos de este tipo. Antes bien, una cierta experiencia interdisciplinar siempre es útil a la hora de afrontar cualquier conflicto, pues permite, frecuentemente, un enfoque más amplio que el que ofrece una sola disciplina.

En segundo lugar, ha de exigírsele algo tan sencillo (y a la vez tan complicado) como sentido común. Sí. Sensatez, prudencia, templanza, sosiego, tino, calma. Huyan de los abogados que se ponen el antifaz de guerrero vengador, enarbolan el estandarte de las mil batallas, y acaban resultando más beligerante que sus propios clientes, llevándoles de la mano a trincheras que éstos desconocían siquiera que existieran, y enfrentándolos a conflictosgrabado 3 interminables, en el que los procesos, las ejecuciones, las denuncias y los burofaxes vuelan como armas arrojadizas. A éstos, pobres, normalmente les espera el desastre y la desesperanza, y a aquellos abogados que les conducen hasta esos oscuros lodazales,  por pura negligencia, o peor, por espurios intereses, la más absoluta ignominia.

Como todos sabemos, los procesos matrimoniales son delicados, entre otras razones, por la mezcla que existe de sentimientos y razones, de cuestiones patrimoniales enredadas con las emociones más básicas, como el desamor, o el miedo, y todo ello en un momento de inestabilidad, a veces incluso de caos emocional, en el que a los clientes hay que ofrecerles comprensión, sí, pero sobre todo un camino, un sendero por el que transitar hacia un futuro más estable y acogedor. Somos, en definitiva, los abogados los que tenemos una perspectiva que, muchas veces, por su situación, al cliente le falta.

Es cierto que frecuentemente hay que ponerse firme con la parte contraria, es necesario adoptar posiciones enfrentadas porque la situación lo exige, es obliggrabado 2ado hablar alto y claro, e incluso han de adoptarse posiciones de fuerza para parar los pies a la otra parte; pero en otras ocasiones, lo que se espera de los abogados es, precisamente, que medien, que negocien, que atemperen, en beneficio de los propios clientes, de sus hijos, de sus familias, que den fluidez a una situación complicada, y no que terminen de embarrarla.

En definitiva, conocimiento de la materia y sentido común son las dos características esenciales en un buen abogado de familia, dos herramientas necesarias para llevar a buen puerto incluso la situación más complicada en esta ardua materia que es el Derecho de Familia, pues, por seguir el símil guerrero que he empleado anteriormente, la primera de ellas, la experiencia, permite al abogado conocer qué batallas se pueden ganar, mientras que la segunda, el sentido común, el permite saber si merece o no la pena meter al cliente en ellas.

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